martes, 30 de julio de 2013

Novocassio - Capítulos 1 y 2

Capítulo 1

            Esta no es una historia convencional. No hay muchas historias que comienzan con una muerte. Hay algunos ejemplos salientes, sí, que quizás lo hagan. Si se quiere mirar por un lado más intelectual, en el primer párrafo de Cien Años de Soledad un tal Aureliano Buendía se encuentra frente a un pelotón de fusilamiento. Pero si se sigue leyendo, se verá que su vida no concluye en ese instante.  Es más fácil mencionar un ejemplo mucho menos intelectual, pero sí más cultural. La historia de Bruno Díaz comienza con el asesinato de sus padres, hecho que lo lleva a ser Batman. Pero esta historia en nada se asemeja a ello. No está el lector frente a la gran epopeya de un héroe público, ni tampoco de un guerrillero colombiano.
            No, esta es la historia de Mariano Fernández. Un nombre común, y un apellido más que convencional. Éste es, entonces, nuestro personaje. Pero la cotidianeidad de su nombre no se aplica de ninguna manera a su vida. Aunque en realidad, como vera el lector a través de las páginas, vida es una forma de decir.
Mariano era, nótese la utilización del verbo, un muchacho de tan sólo veintiocho años. Tenía la tez clara, la voz un poco grave, los ojos entre azul y verde, hasta quizás tirando a un grisáceo.  Muy alto no era, ya que medía un poco más del metro setenta y dos. Pero no te dabas cuenta de que su estatura era promedia, pues dentro de todo era medio flaco, hecho que le daba una apariencia de ser más enano de lo que era. Pero se las ingeniaba para que lo vieran como un muchacho, como quien dice, pintón.
Este último dato es lo que lo ayudó a hacerse con el corazón de una muchachita llamada Lucila. Siendo un año menor que él, Mariano la conoció en un viaje que había hecho por negocios a Londres. Encontrándose en un país en el cual no entendía el idioma, Mariano oyó una voz argentina pidiendo indicaciones al salir del hotel y rápidamente buscó a la dueña de aquella voz. Cuando la encontró, se sorprendió por su belleza. Lucila era una de esas mujeres de una belleza inocente, casi digamos de una belleza frágil. Era rubia, algo pálida, y un poco más baja que Mariano. Tenía un lunar marrón en el cachete izquierdo, rodeado de tres otros lunarcitos, que hacía parecer su mejilla una constelación de estrellas. Quizás se pueda definir la belleza de Lucila como lo hizo alguna vez Facundo Quiroga en uno de sus tantos cuentos, mencionando que lo lindo de una mujer no son sus aspectos provocativos, sino la perfecta solidaridad de su rostro. Pero estas palabras, si bien son mejores que las mías, en nada se compararían con cómo describiría Mariano a su amada.
Cuatro años estuvieron de novios. Cuatro años se amaron, y hasta engendraron un bebe que nacería apenas días después del cumpleaños veinte nueve de Mariano. Pero una buena noche, luego de una larga discusión, Mariano decidió proponerle a su pareja matrimonio. La discusión se había originado sobre la duda de dónde iban a vivir una vez que nazca el bebé. Al no estar casados, no tenían una casa, y sólo alquilaban un departamento en el cual vivían juntos. Pero con la llegada de un bebé el departamento les quedaría chico. Lo que no sabía Lucila era que Mariano ya lo tenía todo resuelto, pues había comprado una casa. Por eso cuando el muchacho le propuso casamiento a su novia, en vez de hacerlo con un anillo, lo hizo con una llave.
Con el bebé en camino, la casa comprada, y el casamiento ya consumado, sólo faltaba la luna de miel. A Lucila siempre le gustó la playa, por lo cual Mariano consiguió, luego de hablar con un par de amigos, unos pasajes con descuento a Ibiza. Es importante mencionar el tema del descuento, ya que el trabajo de Mariano, vendedor de seguros,  no le permitía darse tantos lujos económicos. No se ha mencionado, pero sí es importante, que Mariano pudo comprar la casa con mucha ayuda de sus padres.
El día que debían viajar hacia España, Lucila esperaba a Mariano en el aeropuerto. Al marido se le estaba haciendo tarde, ya que estaba ocupado en una reunión en la oficina. Sentado y escuchando hablar al aburrido de su jefe, un gordo pelado, cuyos botones de su camisa estaban por salir volando, Mariano miraba por la ventana. Llovía a cántaros, tanto así que apenas se veían más de veinte metros. Pero poco le importaba esto a Fernández, pues en sólo 48 horas estaría tomando sol en la playa junto a su amada. O eso pensaba.
Como se le había hecho tarde y con miedo de perder el vuelo, Mariano le pidió al taxista que lo llevaba al aeropuerto que se apure lo máximo posible para llegar a tiempo al vuelo. Viendo la forma en la que llovía, el taxista se negó y le pidió disculpas a Mariano. Pero éste, que no podía permitirse perderse el vuelo de su luna de miel, le prometió al taxista que le pagaría el doble de lo que costaba el viaje al aeropuerto. Al escuchar esto el taxista pensó por dos minutos y terminó por acceder. Pero por más que había acertado en su respuesta original al negarse, cuando se dejó convencer por Mariano cometió un grave error. Con la lluvia cayendo de tal manera, el asfalto estaba tremendamente resbaloso y esto, como ya se anticipó desde la primera línea escrita, le pasó factura. El taxi desbarrancó, y los dos murieron al instante.
Lucila veía que Mariano no llegaba al aeropuerto a horario, y se estaba cansando de llamarlo al celular. Cuando estaba por marcar nuevamente para llamar a su esposo se vio sorprendida por un llamado de la policía. El oficial que le hablaba con una voz muy seria le comunicaba lo peor. Lucila se vio totalmente abatida, tanto que no pudo ni sostenerse en pie. Su dolor era incomparable, y no es necesario describirlo, pues los lectores ya sabrán lo que es perder a un ser querido. Y si tal no es su caso, considérese usted un afortunado.

 Capítulo 2

            Mariano se levantó sintiéndose aliviado. No recordaba nada de lo que había pasado. Pero francamente poco le importaba, pues se sentía de maravilla. Nunca en su vida habíase sentido de esta manera. Era como si su cuerpo no tuviese peso, como si nada le pudiese hacer mal en ese momento. Esbozando una sonrisa, se levantó de la cama en la cual estaba acostado. Era una cama grande, bastante grande a decir verdad, con sábanas blancas y más almohadones de los necesarios para dormir. Mariano no tenía ni la menor idea de donde estaba, ni de cómo había llegado ahí, pero dentro de todo, le gustaba el lugar.
 Se encontraba en una habitación amplia, con una ventana que tenía una vista a un parque muy verde, por la cual entraba mucha luz. Al lado de la cama había una mesa de luz, con una lámpara que de noche probablemente iluminaba toda la habitación.  Mariano abrió los cajones de la mesa de luz para ver si encontraba algún indicio de donde estaba. Abrió los dos, pero no encontró nada. Se levantó de la cama y caminó hacia un escritorio cercano, el cual también tenía un par de cajones. Tampoco encontró nada. Miro por la ventana para ver si conocía el lugar o no. Lo que vio era la imagen de uno de los parques más pacíficos que había visto en su vida: árboles verdes y altos, gente sentada en banquitos jugando con niños pequeños, pájaros poniéndole música a lo que parecía ser el comienzo de un muy bello día.
Nada de esto le parecía familiar a Mariano. Entonces miró a su alrededor y encontró una puerta cerrada. Se dio cuenta que no estaba en una habitación cualquiera, estaba en lo que parecía ser un apartamento. Saliendo del cuarto entró al living de este lugar. Era un lugar más que básico, sin ninguna excentricidad, ni ningún lujo.  Había una mesa grande en el centro, con dos sillas. Un sillón negro, que contrastaba con el color blanco nieve de las paredes del departamento. Le daba la impresión a Mariano que todavía quedaba bastante por amueblar en este lugar, y entonces pensó que quizás alguien estaba próximo a mudarse aquí.
Luego volvió a posar la vista en la mesa y vio que en el centro de ella había una carta. Se acercó con impaciencia, se empezaba a desesperar por saber dónde estaba. El sobre que contenía la carta estaba remitido a Mariano Fernández, según pudo ver cuando lo levantó y se lo acercó a los ojos. Extrañado Mariano abrió el sobre impacientemente, rompiéndolo de la desesperación. La carta que llevaba dentro le iba a cambiar la vida. Aunque, a decir verdad, ya no se le podía llamar vida lo que estaba viviendo Mariano.
A lo largo de un par elocuentes párrafos Mariano leyó sobre su propia muerte. Todo le empezaba a volver a la cabeza. Lucila, la luna de miel, el viaje a Ibiza. Pero había algo que le faltaba, no entendía porque estaba ahí, no sabía qué le había pasado. Mariano continuó leyendo hasta toparse con la información sobre el día de su viaje, la lluvia, el taxi. Lo que leyó después lo afecto tanto que a Mariano se le nublo la vista. Sentía que se iba a desmayar. Al no ver nada Mariano tanteó el aire hasta llegar al sillón mencionado anteriormente. Hizo estragos para poder continuar leyendo. Tuvo que esperar un par de minutos para que le vuelva la vista, tal era el grado de confusión de nuestro personaje. Al llegar a la última línea de la carta, las gotas de su llanto caían sobre la firma que anunciaba quién había escrito la carta: “las autoridades”.
Mariano seguía sin entender. Se acordaba, ahora sí, de lo que le había pasado, del taxi, de la lluvia, del choque. Pero no podía creer que estaba muerto. Si había fallecido en el choque, ¿qué hacía aquí? ¿Qué era este lugar? Nuevamente se le nubló la vista. No creía nada de lo escrito en esa carta. Alguien le estaba jugando una broma pesada. O quizás todavía estaba en coma, en el hospital. Sí, debía ser eso, pues el muchacho no encontraba explicación alguna sino. Todo lo que había visto hasta ahí no debería ser más que producto de su imaginación, posiblemente inducido por los medicamentos. Pensó en Lucila, en cómo seguramente debía de estar sentada al lado suyo en la habitación del hospital. Agarrados de la mano tal vez.
Pensó una manera de volver a su estado de conciencia. Si podía pensar en este coma entonces algo podía hacer que los médicos no podían.  Luego de varios minutos, en los cuales nunca pero nunca paró de sollozar, pensó y pensó. Poco pudo descubrir, ya que su mente estaba acaparada por la preocupación por Lucila. Seguramente estarían sufriendo. Ella, y el bebé también, pensó Mariano.
Entonces se le ocurrió una idea. Había concluido que estaba en una realidad subalterna, que ahí lo había llevado su mente al estar en coma. Si salía de ella de alguna manera, entonces quizás pudiese despertar, pensó Mariano. No se le ocurrió mejor manera que matarse. Había pensado que probablemente sea como en los sueños. El lector debe saber por qué Mariano pensaba esto. ¿O acaso nunca se despertó de un sueño justo cuando dentro de él estaba por fallecer? Pensó el muchacho entonces que esto aplicaría a su estado inconsciencia entonces.
Terminó por concluir que iba a saltar por la ventana de este apartamento. Era lo suficientemente alta como para matarlo, sí, y ese era justamente el plan de Mariano. Decidió, como dicho, que quizás si se moría en esta realidad se despertaba del coma. Era algo alocado, es verdad, pero no podía estar un minuto más en este lugar. El terror lo estaba asfixiando. El hecho de saber que mucha gente estaba llorando por él no lo ayudaba a socorrer su terror.
Mariano entonces prosiguió a acercarse a la ventana del living. Esta también tenía vista al parque, como la ventana de la habitación. La abrió lo más que pudo y se sentó con las piernas mirando hacia afuera. Estuvo allí por varios minutos antes de saltar. Nadie lo miró, nadie se preocupó por él. - ¿Por qué lo harían? – Pensó Mariano – si total son parte de mi imaginación. Saben exactamente lo que voy a hacer -.
Antes de saltar se le cruzó por la cabeza la idea de que si saltaba y se quitaba la vida, quizás no se despertaba. Quizás directamente se moría. Saldría del coma, sí, pero no volvería a vivir. Entonces se preguntó si debería de esperar a que los doctores hagan su trabajo, ellos en algún momento lo despertarían. Pero, ¿y si nunca lo hacían? Estando en coma Lucila y sus seres queridos siempre estarían preocupados por él y siempre tendrían que estar pendientes de él, rezando inútilmente para que vuelva a la vida. De esa manera sufrirían hasta que un  buen día se terminase por morir. No, eso tampoco lo podía tolerar Mariano y decidió saltar.
Todo transcurrió en un par de segundos. Saltó, cerró los ojos, y esperó por lo mejor. Pero cuando volvió a abrir los ojos, vio el asfalto de la calle que estaba enfrente del parque. Sentía su frescura y no sentía dolor alguno. Algo había salido mal. Quizás la distancia de la ventana al piso no era la necesaria para poder quitarse la vida. Pero sí era lo suficientemente larga para poder producirle algún dolor. ¿Entonces, qué estaba pasando? Nuevamente, Mariano se sintió desorientado y poco a poco se iba dando cuenta que quizás él no podía hacer nada para ayudar a los médicos.
- No te sirve de nada saltar – le dijo una voz que se acercaba. – Yo probé. Y probé más de una vez, créeme. Pero no te sirve de nada -.
Mariano levantó la vista y vio a una muchacha de pelo castaño, de ojos azules, y probablemente de su misma edad. Venía vestida muy formal, con un saco de traje blanco, y pollera negra. Tenía, como para que se la pueda imaginar el lector, la apariencia de una azafata. Pero una de las antiguas azafatas, cuando este trabajo era todo un privilegio.
- ¿Cómo que probaste saltar? – le preguntó Mariano realmente confundido. – Si sos parte de mi mente, de mi imaginación.
- No, te equivocás – le respondió la muchacha muy tranquila. – Yo pasé por esa etapa. La negación. Yo también pensé que quizás estaría en un coma.
            - ¿De qué me estás hablando? – interrogó nuevamente Fernández. – ¿No estoy en un coma? –
            - No. – Respondió fríamente la chica. – ¿Tu nombre?
            - Mariano. Mariano Fernández. ¿Dónde estoy?
            - Soy Clara. Gracias por preguntar. Lo que decía la carta. ¿Te acordás? La carta esa que leíste – empezó por decir. Mariano asintió con la cabeza. – Bueno, todo eso, es verdad.
            Mariano cerró los ojos y no dijo nada por al menos un bueno y largo minuto.
            - Pudiste al menos salir del departamento y preguntarle a alguien donde estabas en vez de saltar de una – dijo riéndose Clara. - ¿y si te pasaba algo enserio?
            - Acababa de leer una carta que me decía que me había muerto. ¿Te parece que puedo pensar después de leer eso? – le dijo Mariano muy enojado. – Pero no me respondiste. ¿A dónde estoy?
            - Es difícil de explicar – dijo Clara mucho más seria, y pausadamente. Sabía que lo que le diría a Mariano no era para nada fácil de comprender. – Llamalo cielo si querés. No sé, llámalo como quieras. Estás en lo que viene después de la muerte. Es esto.
            - ¿Esto? – preguntó Mariano haciendo una mueca de infelicidad.
            - ¿Qué? ¿Te esperabas que te recibiera Dios con los angelitos? – respondió Clara. – Es esto. A mí tampoco me gustaba. Pero salvo un par de cosas, está bueno. Ya vas a ver.
            - Y, acá, ¿vienen todos los que se mueren? – siguió interrogando Mariano. Ya se había dado por vencido, ya comprendía que estaba muerto. Seguir preguntando sobre eso sería inútil, y entonces decidió saber más de este lugar.
            - Es difícil de explicar, otra vez te digo. Pero sí. Este lugar es enorme. Gigante.
            - Si estoy en el cielo… – empezó Mariano pero fue interrumpido por Clara.
            - Sí es que lo llamás eso.
            - Si estoy en el cielo – siguió el muchacho haciendo oído sordo a Clara. – Entonces, ¿dónde están mis familiares? Los que fallecieron antes digo.
            - Este lugar se renueva cada cien años. La última renovación fue en el 2000. Yo fallecí hace tres años, era el 2009. ¿Supongo que ahora estamos en el 2012?
            - Sí, sí. Ayer, u hoy, no sé, era el 3 de Septiembre de 2012.
            - No, pasa una semana entre que te morís y que terminas acá. – Corrigió Clara. – Hay mucho papeleo y temas así. Pero bueno, como te decía. La última renovación fue en el 2000. Si tenés algún familiar que falleció desde ahí hasta ahora, entonces podés encontrar alguno acá.
            Mariano pensó y buscó en su memoria para ver si tenía a alguien que hubiese fallecido en los últimos doce años. Sus abuelos, a quienes Mariano le hubiese encantado volver a ver, habían fallecido antes, lamentablemente.
            - No. Quizás un par de tíos. Nadie muy cercano – respondió. – ¿Pero qué pasa con esa gente? ¿Desaparecen? ¿Nosotros también en ochenta y ocho años?
            - No desaparecen. Van a otros lugares, exactamente igual a este, con toda la gente que falleció entre el siglo XX y el XXI. – Contestó Clara. – Es difícil de explicar, ya te dije. Dos veces. Pero ya vas a ir entendiendo.
            - ¿Y se puede ir a visitarlos? – preguntó Mariano inquieto. Le alegraba saber que quizás podía ver de vuelta sus abuelos. Sería lo único bueno de la muerte, volver a reencontrarte con tus familiares.
            - Sí. Con este sistema se dividen muchas familias. Parejas que fallecieron entre siglos, quienes son muy desafortunados dicho sea de paso, sufren muchísimo acá – dijo Clara. – Así que se puede visitarlos, pero sólo una vez cada dos semanas.
            - ¡Pero eso no es nada! – Protestó Mariano furiosamente.
            - Al menos los estás volviendo a ver. Cuando alguien fallece pensás que nunca lo vas a volver a ver. Que nunca vas a poder escuchar su voz – dijo Clara muy elocuentemente.
            - ¿Y por qué se hace esta división? ¡Es absurda!
            - ¿A vos te parece que es absurda? – preguntó retóricamente la castaña. – Este lugar sería un desastre si estuviesen todos los muertos acá. Todos, desde que empezó la humanidad.  Estaríamos sobrepoblados. El sistema de ahora está bien, no tengo dudas.
            - ¿Y quién lo administra? – preguntó Mariano inquieto. Siempre se preguntó qué pasaría después de la muerte. Era católico, pero nunca iba a misa. Incluso se preocupaba a veces, pensando que no iba a ser aceptado en el cielo, si es que había uno. – ¿hay un dios?-
            - Lo administran los que te firmaron la carta. “Las autoridades” se hacen llamar. Vos llamalos Dios si querés. Pero no les gusta que les pongan rótulos. Acá hay judíos, musulmanes, ateos. No quieren que se ofenda nadie.
            - Es mucho todo esto para digerir – dijo Mariano, quien se sentía agobiado por tanta información. – Me estás contando esto hace cinco minutos y sigo en el asfalto – siguió mientras se levantaba y se quitaba la mugre del pantalón.  – Vamos arriba y me seguís explicando.
            - No tenés nada arriba. Empezás con una cama, un sillón y una mesa con dos sillas. Nada más – dijo Clara riéndose.
            - ¿Empezás? ¿Cómo se consigue más?
            - Recién llegaste, no quieras saber todo lo que pasa acá en un par de minutos. Date tu tiempo. Ahora, ¿te acordás de tu número de departamento?
            Mariano la miró sin saber qué decir. No sabía su número, ya que no había abierto la puerta. Solo había abierto la ventana y había sido solamente para saltar.
            - Vení, calculamos más o menos por la ventana que saltaste cuando te vi – resolvió Clara.
            -Ah, al menos a alguien le importó que un tipo estaba saltando desde la ventana de su departamento – dijo Mariano agradecido.
            - Pasa todos los días acá. Es lo normal.