martes, 6 de agosto de 2013

Novocassio - Capítulo 3


 Capítulo 3
            Subieron los dos juntos al tercer piso, por el cual según Clara, había saltado Mariano. El edificio era todo blanco, pero no un color que te hacía acordar a los dentistas o a los hospitales, sino que rememoraba a las nubes grandes que adornan una mañana soleada. Para decorar el edificio había cuadros cada cuatro o cinco metros. Pero no eran cuadros para nada extravagantes, sino que eran pinturas de la vida cotidiana. Hombres sentados, con trajes. Mujeres con vestidos del siglo XXI. Pensó Mariano que eran como versiones modernas de cuadros pertenecientes a siglos pasados.
            - Ese lo pintó Leonardo – dijo Clara señalando al cuadro que tenía en frente en ese momento. Era el de una dama sentada, con maquillaje y perlas modernas. No se podía discernir si estaba sonriendo o no.
            - ¿Qué Leonardo? – preguntó Mariano desinteresado.
            - ¿No vez que es una versión moderna de la Mona Lisa? – le respondió Clara con un tono de sabelotodo. – Leonardo Da Vinci.
            - No recuerdo que haya pintado eso. No es suyo.
            - No lo pintó estando vivo. Lo pintó acá arriba.
            - ¡Estoy ante un Da Vinci original! – se dijo a sí mismo Mariano suspirando entre dientes. - ¿Siguió pintando acá?
            - Sí. Según dicen pinta todos los días.
            - ¿Lo pudiste ver alguna vez? Quiero visitarlo. ¿Cómo hago? – preguntó Mariano intrigado.
            - No se puede. Acordate lo que te dije de la renovación cada siglo.
            - Pero dijiste que una vez cada dos semanas podes moverte entre siglos.
            - Sí – replicó Clara secamente. – Te dije eso. Pero sólo podemos visitar a nuestros antepasados.
            - Ah – dijo un desalentado Mariano. ¿No puedo ir con algún familiar de Da Vinci? ¿El que trajo los cuadros acá, por ejemplo?
            - No, no se puede. Ya intenté. Pero es imposible – respondió Clara, una vez más decepcionando a Mariano. – Además, no quedan parientes suyos. Los que trajeron, y traen, los cuadros acá son las autoridades. Llegamos.
            Al terminar la chica de decir dichas palabras Mariano levantó la vista hacia donde le indicaba Clara. La puerta decía M. Fernández; era su departamento. Abrieron la puerta y entraron al living en el que se encontraba Mariano antes de saltar. Sin embargo había más detalles de los que él había podido apreciar. En su ceguera causada por el terror de sentirse en un coma, no había advertido ni siquiera que en el living las paredes no estaban completamente peladas. Es decir, sí estaban mayoritariamente cubiertas de blanco pero tenían un par de cuadros como para decorarlas.
            - Ese lo elegí yo para acá – señaló Clara con el dedo apuntando hacia un cuadro que quedaba justo encima de la mesa principal del living.
            - ¿Cómo? – le preguntó Mariano desconcertado.         
            - Yo trabajo en el ministerio de transición, elijo los departamentos en donde van a vivir los recién llegados y los adorno si me da el tiempo – comenzó a decir Clara. – Pero dijiste que necesitabas un tiempo para digerir tanta información. Así que tomate todo el que necesites, date una vuelta por acá, por la pieza. Sé que no es grande, pero si te pasó como a mí, al principio no te das cuenta de nada.  
            Mariano hizo caso a lo que le decía Clara. Primero observó el cuadro que le había señalado. No era nada especial, sólo una pintura de un río. Pero lo que no advirtió el muchacho era que el río no era cualquiera, era en realidad el Río de la Plata. Clara había selecto ese cuadro como para que Mariano tenga algo de su país natal en el departamento. Para que no se sienta tan distante y agobiado. También había pinturas del obelisco, de la casa rosada, y hasta de la bombonera. Y todos tenían una firma familiar. No era muy famosa, pero en algún lado Mariano la había visto antes.
            - ¿Estos cuadros – comenzó Mariano extendiendo su mano para tocar la textura del río – quién los pintó?
            - Pensé que los ibas a reconocer. Son de tu tío abuelo. Ni bien se enteró de tu fallecimiento se comunicó con las autoridades y les hizo llegar sus pinturas. Me dijo personalmente que quizás una de ellas te iba a ser familiar.
            Mariano se puso a pensar. La pintura del obelisco, pintado con fuegos artificiales detrás, le hacía acordar a algo. No se acordaba si era o no un cuadro que tenía su familia en el living de su casa cuando era chico.
            - Este puede ser – le dijo a Clara. – Pero no, en todo caso este cuadro estaba allá abajo, en el mundo real. ¿Cómo hicieron para traerlos?
            - Lo pintó devuelta. Exactamente igual como lo había pintado años atrás. Quería que tengas algo del mundo de allá. Por eso está medio desprolijo digamos, sin ánimo de ofender a nadie. Tuvo nada más que una semana para poder hacerlo. Como te dije, pasa una semana entre que te morís y que terminás acá. Pero bueno, el resto ya los tenía pintados acá arriba. Son hermosos realmente. Le pregunté si no me dejaba quedarme uno para mí.
            - ¿Y qué te dijo?
            - Se disculpó y me dijo que los había pintado pensando en vos. Que sí quería uno yo, él me lo podía pintar, pero que tendría que esperar.
            Mariano continuó caminando por el living. Antes de saltar había visto nada más que un sillón y una mesa con un par de sillas. Ahora no había mucho más, es cierto, pero pudo observar un mueble pegado contra la ventana. Seguramente para poder saltar se tuvo que haber subido a este mueble negro para acceder a la ventana pero si es que lo hizo, ni se había percatado de ello. Cuestión que el mueble servía para poder guardar la vajilla, la cual se podía apreciar a través de unas puertitas de vidrio,  nada muy importante.
            Sin embargo lo destacable de este mueble era que sobre él se encontraban tres portarretratos, uno de los cuales estaba tumbado, pues probablemente lo había tirado Mariano. El muchacho se acercó para poder apreciarlos mejor. Levantó el primero y se lo acercó a los ojos, pero el reflejo del sol que entraba por la ventana pegaba justo en el vidrio del portarretratos y no dejaba ver la foto. Lo movió levemente hacía la derecha primero y luego la izquierda, hasta que pudo encontrar el ángulo en el que el sol no molestase.
            Lo que vio le sacó el aire al instante. Lenta pero seguramente una tras otra lágrima le caían de los ojos. Era una foto de su familia. Su padre, su madre y sus dos hermanas. Lloró tanto que tuvo que secar el portarretratos para poder volver a ponerlo en su lugar. Cuando levantó el segundo tampoco cesó su llanto. Este no era de su familia, sino de Lucila, su esposa. No era una foto cualquiera tampoco, ya que era la foto de su casamiento. Ella estaba increíblemente hermosa, con un vestido blanco que la hacía parecer un ángel. Mariano paso los dedos por la foto, como si esa acción le diera algo de proximidad a su tan amada compañera. Devolvió la foto a su lugar y levantó la tercera. En este caso lo que vio era una ecografía donde se podía discernir a su futuro hijo.
            - Esa la vamos a cambiar cuando nazca – dijo Clara. – Vamos a poner una foto de él o ella en serio. ¿Cómo se va a llamar?
            - No lo sé. Nunca lo llegamos a hablar - respondió tristemente el muchacho.
            Mariano luego se encontraba muy conmovido como para poder seguir apreciando todo lo que tenía el departamento. Siguió explorando por uno o dos minutos, pero sin parar para observar nada. No vio más de lo que ya había visto antes de saltar: el sillón, la mesa, las sillas. Luego fue a la pieza y también ahí eran los mismos objetos: la cama y la mesa de luz.
            Cuando volvió a living la encontró a Clara cerrando la ventana por la cual había saltado. Ya habían pasado los minutos de desconcierto y por fin le había caído el hecho de que ya estaba acá y que no había más vuelta que darle.
            - Bueno, ¿me explicás más o menos? – le dijo tímidamente a Clara, corriéndose una lágrima de la mejilla.
            - Primero y principal, como ya te dije, no vas a poder aprender casi todo en un par de minutos. Necesitás darle tiempo al tema. Te moriste. Es así de jodido, pero es así de simple. Medio irónico.
            - ¿Y ahora? ¿De acá como sigo? ¿Qué hago?
            - Depende de vos. Sentate, no podemos hablar de esto parados – le dijo mientras se acercaba a la mesa y tomaba asiento en una de las sillas. – Como verás, el departamento está ambientado con todo lo que necesitás. Tenés una cama, una mesa, una cocina con todo lo que necesitás para vivir.
            - Sí, lo veo eso. Pero es poco, ¿no?
            - Depende de cómo viviste allá abajo. Si viviste precariamente quizás esto te parece el paraíso. Si tuviste una vida de excesos, esto obviamente te parece poco. Pero la idea está bien.
            - ¿Qué idea? No entiendo  –
            - Las autoridades les dan una nueva oportunidad a todos. Te dan todo lo básico que necesitás para vivir, y de ahí en adelante, cosa tuya. Nunca te va a faltar nada, pero si vivís de esta manera por el resto de la eternidad, te vas a aburrir tanto que preferirías ni estar acá.
            - Pero  sigo sin entender. ¿Qué significa que te den todo lo básico?
            - En el departamento, tenés los justo y necesario para vivir. En cuanto a temas de salud, tu salud está en pleno estado, como para que puedas hacer lo que quieras. Quieren que todos puedan pasarla bien, haciendo lo que quieran, viviendo de la manera que quieran. Y no importa lo que hiciste allá abajo. Si eras cartonero o si eras el gerente de una empresa, no importa. Acá tenés una nueva oportunidad. Los roles se pueden hasta invertir -.
            - ¿Qué roles? No me vas a decir que acá arriba se sigue trabajando, ¿o sí? – le preguntó Mariano incrédulo.
            - Sí. No podés pensar que te vas a quedar en este departamento para siempre. Puede parecer algo malo al principio, pero en realidad está bueno. Podés ser lo que nunca fuiste allá abajo. O si amabas lo que hacías antes lo podes seguir haciendo. O bueno, en tu caso no.
            - ¿Por qué en mi caso no? –
            - No creo que mucha gente te quiera comprar un seguro de vida si ya se murió – apuntó Clara riéndose.
            - ¿Y qué trabajos existen?
            - Casi todos son los mismos. Algunos ya no sirven, como los médicos. Acá no se necesitan. Es algo bastante malo para ellos porque se pasaron la vida trabajando y estudiando. Pero a algunos les gusta cambiar de aire.
            - ¿Por qué no se necesitan? – preguntó Mariano algo tontamente.
            - Saltaste desde el tercer piso de un edificio y no te pasó absolutamente nada – señaló Clara. – Disculpame, me voy a hacer un café – dijo levantándose hacia la cocina. - Bueno como te decía, los trabajos son casi todos los mismos. Hasta hay trabajos nuevos. Yo trabajo en el ministerio de transición por ejemplo. Investigamos a los que se murieron y tratamos de hacerlos sentirse en casa cuando llegan. De vos sé que te casaste con Lucila, que estaba embarazada por ejemplo.
            Al decir esto Clara, Mariano se puso a llorar. No podía ni pensar en su amada sin hacerlo. No toleraba estar un día sin ella cuando estaba vivo, y ahora no la vería hasta que ella muera. Y lo último que quería era que Lucila muera. Como vemos, toda esta situación lo agobiaba demasiado.
            - Disculpame, no me di cuenta – le dijo Clara. Mariano no respondió. Volvió a la mesa con dos cafés, uno para ella y uno para él. – Si mal no lo recuerdo, el café te gustaba negro.
            - Sí, gracias. ¿Cómo sabes?
            - Te dije que investigamos a los recién llegados – respondió la chica.  - Tenemos un departamento completamente nuevo de psicología, por ejemplo – continuó.  - Te va a servir mucho para poder adaptarte a la vida acá. Créeme que por ahora venís muy bien. Tuve varios casos te digo, y más de uno no me creyó hasta que saltaron cuatro o cinco veces por la ventana. E incluso hay trabajo de ser padres.
            - ¿Cómo padres? ¿Cómo puede ser un trabajo eso?
            - Para los bebés que fallecen y no tienen familiares acá arriba. Es un trabajo triste la verdad porque no te podes encariñar con el nene, por más que lo veas crecer. Algún día se va a morir algún familiar, y se lo tenés que entregar.
            - Igual me parece medio injusto que haya que trabajar acá arriba. No lo digo por mí necesariamente. Pero hay gente que se mató toda la vida trabajando.
            - Sí, sin duda. Y eso las autoridades lo saben. Pero al poder ser algo distinto, al poder cambiar de aire, no creen que sea algo tan horrendo. Además, la principal causa por la cual la gente deja de trabajar es porque no le da el físico. Pero acá arriba todos nos sentimos igual físicamente. Si te moriste a los noventa, o a los quince, te vas a sentir igual acá. – Al decir esto Mariano la miró muy extrañado. Clara, dándose cuenta de esto continuó – si el simple dato te parece raro, imaginate cuando veas un partido de fútbol. Hay viejos, sin pelo y con la cara toda arrugada, que corren como si tuvieran veinte. Es una cosa de locos -.
            - ¿Hay fútbol acá arriba? – preguntó Mariano un tanto excitado. Sí había un deporte que le gustaba, era el fútbol. - Ya que no puedo ser vendedor de seguros, ¡quizás pueda ser futbolista!
- Olvidate. Acá es más difícil todavía ser futbolista. Acordate que los futbolistas también se mueren eh. Y la mayoría siguen jugando acá. Algunos no, les gusta un cambio de aire. Pero desde ya los dirigentes de ciertos clubes se están peleando para fichar a Maradona, a Pelé, a Messi. Es más negocio que en el mundo de abajo.
- Ja, me imagino – respondió Mariano fingiendo una sonrisa. En realidad estaba desilusionado por el hecho de no poder ser algo que siempre quiso. -Pero, ¿si quiero ser algo distinto, como hago? No sé hacer nada más que lo que hago -.
-  No te creas. Hay trabajos que podés hacer igual. Pero también hay universidades acá. Podés estudiar lo que quieras. Si es tu primera carrera acá arriba es completamente gratis. Ahora, si es la segunda, hay una cuota que hay que pagar.
            - ¿Y la plata de donde la sacó? – Volvió a hacer una pregunta tonta Mariano. Clara estaba empezando a dudar de la inteligencia que había descubierto en la investigación.
            - De tu trabajo. Dije segunda carrera. Con la primera trabajás, ganás plata – le respondió a Mariano como si le estuviese hablando a un chico.
            - ¿Me vas a decir que en el cielo hay dinero? – dijo Mariano riéndose. - ¿Capitalismo? Yo pensaba que trabajabas y listo, si total podes vivir con lo básico de las autoridades.
            - No – dijo Clara compartiendo la risa. – Yo tuve ese pensamiento cuando recién entré también. Pero sí, hay dinero. Como verás, acá tenés todo lo básico. Pero si querés más, un televisor por ejemplo, lo tenés que pagar. O salmón, para poner otro ejemplo, eso no lo vas a encontrar en tu heladera. Hasta te podes comprar otro departamento, y hasta una casa.
            - ¿Vos vivís en una casa? – le preguntó Mariano.
            - No, fallecí hace tres años. Así que no me dio el tiempo todavía como para juntar el suficiente dinero para una casa. Incluso ni siquiera necesito una, ya que vivo sola. Y como vos, no tengo a nadie todavía acá arriba. Alquilo un departamento, un poco más grande que este. Este no se paga, no te preocupes – concluyó Clara intuyendo que esa era la pregunta que justo le iba a hacer Mariano.
            - Qué lástima – le dijo Mariano.           
            - ¿Qué no se pague este departamento? ¿Cómo pensabas pagarlo sin trabajo?
            - No, qué lástima que no tengas a nadie – dijo fríamente.
            - Sí – respondió Clara con una mueca. – Pero en cierto sentido es una lástima irónica. Obviamente que uno no quiere estar solo acá arriba, pero tampoco queremos que ninguno de nuestros parientes se muera. Hay que esperar -.
            Ya se estaba haciendo tarde y Clara debía volver a al trabajo. La muchacha se levantó de la mesa y fue caminando hacia la cocina para lavar las tazas sucias de café. Luego retiró su chaqueta del sillón, adonde la había tirado al entrar, y se la puso.
            - Nos vemos mañana – le dijo a Mariano. – Te voy a ayudar a encontrar trabajo.
            - ¿Es parte del tuyo?  - le preguntó Mariano con una sonrisa pícara.
            - No – respondió Clara al tiempo que le daba un beso en la mejilla. – Pero me caés bien.